Jesús enfrentó la separación de Su Padre en el aquí y el ahora para que podamos conocer la aceptación del Padre ahora y por la eternidad.
Jesús sabía lo que estaba enfrentando. Conocía el precio que debía pagar. Sabía lo que significaba el tener que tomar nuestro lugar. Estaba consciente de la matemática espiritual: sufrir por un momento = aceptación por toda la eternidad. Y Él estaba dispuesto.
Una gran tragedia espiritual sucedía cada día en la vida de cada persona nacida en este mundo caído. Diferente a todas las cosas, Dios había creado al ser humano a Su imagen y para tener comunión íntima y amorosa con Él. Una relación con Él debería ser la más profunda motivación en sus vidas. Esta relación estaba destinada a moldear cada pensamiento, cada deseo, cada palabra y cada acción. Y esta comunión entre Dios y las personas estaba destinada a perdurar para siempre. Pero fue interrumpida en un increíble acto de rebeldía y sedición. Adán y Eva no solo sobrepasaron los límites de Dios, sino que también buscaban ocupar Su posición. Así que, en el más triste momento de la historia humana, ellos fueron expulsados del jardín y alejados de la presencia de Dios.
Desde el punto de la vista de la creación, todo lo ocurrido era impensable. ¿Las personas viviendo separadas de Dios? Como peces sin agua, como miel que no es dulce, como sol que no produce calor, así era la nueva realidad del ser humano. No solo desafiaba la lógica y el diseño de la creación, sino que simplemente no podía funcionar así. Los humanos no estaban diseñados para vivir independientemente. No fuimos creados para funcionar por nosotros mismos ni para vivir con base en nuestra propia sabiduría. No fuimos hechos para vivir con nuestros recursos limitados. Fuimos creados para vivir en una constante conexión con Dios. La separación de Dios era un desastre funcional y moral.
Así que este desastre tenía que ser tratado. La trágica brecha entre Dios y el hombre tenía que ser solucionada y solo había una forma de hacerlo. Jesús tendría que venir a la tierra como el segundo Adán y tendría que vivir una vida perfecta en nuestro lugar. Él tendría que cargar el castigo de nuestra rebeldía y tendría que soportar lo inimaginable —el rechazo del Padre. Sucedió en la terrible novena hora del día de Su crucifixión, cuando en voz alta clamó: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?)” (Marcos 15:34). Este fue el momento de mayor angustia para Jesús, mientras tomaba sobre Él nuestra tragedia de la separación de Dios.
Este momento realmente fue el epicentro de la historia de Navidad. Fue el motivo por el cual Jesús vino. Fue el motivo por el cual los ángeles se regocijaron en Su venida. Vino a ser un Hijo temporalmente separado para que nosotros pudiéramos ser los hijos eternamente aceptados por Dios. ¡Esa es una historia digna de celebración!
Para profundizar y ser alentado:
Juan 12:27-36
Paul Tripp
