La apremiante fuerza del llamado
Dios nos vuelve como pan partido y vino derramado para glorificarse. Cuando el llamado de Cristo nos alcanza, toda ambición y deseo personal son anulados. Solo permanece esta verdad: apartados para el Evangelio
Dios nos vuelve como pan partido y vino derramado para glorificarse. Cuando el llamado de Cristo nos alcanza, toda ambición y deseo personal son anulados. Solo permanece esta verdad: apartados para el Evangelio
No fuimos comisionados para predicar la salvación o la santificación, sino para levantar a Jesucristo.
Él sufrió en la redención para redimir al mundo entero y colocarlo restaurado ante el trono de Dios.
Nuestro llamado no es a ser santos por nosotros mismos, sino a proclamar a Cristo y Su redención.
La santidad personal no es la causa, sino el fruto de la redención.
Solo cuando dejamos de mirarnos a nosotros mismos y nos entregamos por completo a Él, comprendemos verdaderamente nuestro llamamiento.
El mensaje de Dios para ti podría lastimar a ‘tu Elí’, pero tratar de impedir el sufrimiento en la vida de otra persona resulta ser un obstáculo entre tu alma y Dios. Si evitas que a alguien le corten su mano derecha o le saquen su ojo derecho, es por tu cuenta y riesgo.”
Cristo nos llama a obedecer, no a proteger lo que Él mismo está transformando.
Cuando el Señor habla, no hay escapatoria. Él viene a nosotros con autoridad y transforma nuestro entendimiento.
Si al servir a Cristo actuamos desde nuestro orgullo o impaciencia, lo herimos, aunque creamos estar cumpliendo un deber.
El verdadero servicio a Jesús brota de un espíritu afable, no de la satisfacción personal.