
Los placeres cotidianos predican la gracia.
Incluso el placer predica la gracia. Cada experiencia de belleza y gozo, desde un delicioso emparedado hasta un atardecer multicolor, es un regalo inmerecido de Cristo. No disfrutamos estas cosas porque las merezcamos, sino porque Él es bueno, paciente y lleno de gracia. Cada pequeño placer cotidiano es una predicación silenciosa del amor de Cristo por nosotros.








