Algo más grande que todo el mundo

Hubo una vez un pesebre. No era majestuoso, no era digno de reyes, no era el lugar que uno escogería para anunciar esperanza al mundo. Y, sin embargo, en ese pesebre Dios colocó algo más grande que todo el mundo. No en un palacio, no entre poderosos, sino en la sencillez extrema de un niño envuelto en pañales.

La Escritura lo declara sin rodeos:
Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”, Lucas 2:7

Aquí comienza el escándalo del evangelio. Dios no irrumpe con fuerza militar ni con gloria política. Dios entra en la historia en forma de fragilidad. Y esa decisión divina confronta directamente nuestro concepto de grandeza. Nosotros buscamos lo alto; Dios desciende. Nosotros admiramos lo fuerte; Dios se manifiesta en lo débil.

No fue un accidente. Fue una declaración teológica. El apóstol Pablo lo explica con claridad:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo”, Filipenses 2:5–7

En ese pesebre estaba el Creador del universo. El que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder decidió depender de brazos humanos. El Pan de vida tuvo hambre. La Luz del mundo nació en la noche. Y lo hizo así para dejarnos claro que la salvación no vendría por la soberbia del hombre, sino por la humildad de Dios.

No podemos leer esta historia sin examinar nuestro propio corazón. ¿Hay lugar para Cristo en mi vida, o está ocupado por mis agendas, mis logros y mis excusas? El problema del mesón no fue la falta de espacio físico, sino la falta de disposición. Y esa sigue siendo una pregunta vigente hoy.

Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, Lucas 19:10
Vino humildemente, pero con una misión eterna.

El pesebre nos llama a reconsiderar dónde buscamos la grandeza. Nos invita a rendirnos, a descender, a dejar que Dios sea Dios. Porque cuando Cristo ocupa el centro —aunque sea en lo pequeño— allí sucede lo eterno.

Hazle lugar. No esperes condiciones ideales. No aguardes a tenerlo todo en orden. Si el Salvador del mundo aceptó un pesebre, también puede habitar en un corazón rendido.

Ahí, precisamente ahí, seguirá ocurriendo el milagro.

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